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Todos hemos recibido algún regalo. Los regalos son importantes no solo porque nos hacen felices, sino porque nos dicen que la persona que nos lo ha hecho siente cariño por nosotros. No solo es importante saber hacer buenos regalos, también lo es saber recibirlos. Si nuestros ojos y nuestro corazón se ponen solo sobre el objeto, entonces estamos recibiendo solamente la mitad del regalo y nos estamos perdiendo lo mejor; sentir el afecto de la otra persona. Lo que deberíamos valorar de los regalos no es su valor material, sino su significado; el afecto que expresan.
Una amiga me contaba que su esposo siempre le regalaba algo especial por su aniversario, pero esta vez solo se trataba de un sobre con una pequeña nota escrita a mano. En ella pudo leer la expresión más sencilla del amor de su esposo; el la amaba.
Y es que por muchos regalos materiales que nos hagan, ninguno puede igualar el valor de la palabra. Con la palabra podemos ser destruidos y con la palabra podemos sentirnos las personas más queridas de la tierra. No, no hay mejor regalo que la palabra porque la palabra tiene un poder creador inmediato, la palabra posee significado de ahí su valor.
Vivimos en un mundo que se ha olvidado de la importancia de la palabra. Deseamos que nos regalen “cosas”, que al poco tiempo caen en el olvido ¡Cuantos niños hay por el mundo que reciben costosos regalos de unos padres que apenas les dedican tiempo, que apenas les hablan! Es más fácil dar algo, gastar el dinero que decirle simplemente al otro lo mucho que significa para nosotros.
Ocurre que muchos hijos, por diferentes motivos no dicen a sus padres las cosas que deberían decirles y cuando estos desaparecen lamentan no haberles dicho lo mucho que les amaban. ¡Que triste es dejar que las palabras se nos mueran dentro antes de nacer y expresar el amor y producir vida! ¡Cuantas cosas habrían cambiado en nuestras vidas si hubiésemos dicho esa palabra que no dijimos! Si sientes que debes decir algo ahora a determinada persona no pierdas el tiempo, ¡díselo ahora mismo! Aunque sea por teléfono, no lo dejes para mañana, atrévete a regalar palabra.
Es verdad que otras veces es mejor callar porque hay pocas cosas más destructivas que la palabra; de hecho en la Escritura leemos que la simple letra mata y que la lengua siendo pequeña es capaz de encender un bosque y que con ella somos capaces de bendecir a Dios y maldecir a los hombres hechos a su imagen. Todo depende de qué palabra digamos. La palabra que destruye es la que nunca debe ser pronunciada.
Dios nos da el ejemplo perfecto de un regalo. Nos ha dado a su Hijo, Jesús no es una cosa, no es solamente una persona, su Hijo es además su Palabra, es la Palabra de Dios. Con ella y a través de ella nuestro Padre no solo nos regala a Jesús para que disfrutemos de él, sino para que sepamos lo que significamos para él y hasta que punto nos ama. Jesús nos habla y cuando le oímos, escuchamos al Dios que por medio de su Palabra nos ha dado todas las cosas. La prueba de que Dios nos ama es que nos ha dado a su Hijo.
Nosotros conocemos a Dios por medio de la Palabra y es natural porque hemos sido creados por ella, por medio de ella hemos sido originados, es el lugar del que salimos cuando Dios pronunció nuestros nombres. Es la mano que nos arrastró desde la nada a la vida. Es la mano que nos formó. Cuando fuimos creados lo fuimos por la Palabra y esa palabra no puede sernos ajena porque por medio de ella nosotros llegamos a Ser. Es la palabra la que levantó de la muerte a Lázaro y es ella la que oiremos en victoria en el día final. El hombre no puede ser sin la Palabra, no puede llegar a ser sin ella y tampoco puede tener esperanza en el futuro.
La Palabra era Dios y estaba con Dios y se hizo carne, la Palabra creó todas las cosas todo fue creado por medio de él y para él.