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VOLVER SOBRE LOS PASOS

por el Doctor Luis Velilla

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Uno de los perores enemigos de la fe es la rutina. La rutina es enemiga del amor y de la pasión. La rutina apaga el fuego de los enamorados, de los ministros, de los misioneros y de todas las actividades que un día fueron “otra cosa”.
La causa de esta desazón y pérdida del valor de las cosas se encuentra en nosotros mismos. Todos conocemos por experiencia lo repetitivos que son los niños. Ellos disfrutan del mismo juego mil veces, viven el cuento que les contamos una y otra vez antes de acostarse como si se tratase de la primera vez. Los niños poseen una capacidad de asombro siempre fresca e inmaculada. Y es precisamente así como se toma posesión del Reino.
No menos importante enemiga es la imprudencia, ese camino de incertidumbres por donde a veces nos internamos y nos perdemos.


Los ritos, las ceremonias, los sacramentos, las oraciones y disciplinas éticas o ascéticas deben estar destinados a crear una orientación interior hacia Dios, similar a la que Jesús tenía. Las “cosas” que hacemos en la iglesia nos deben orientar a Cristo de una manera viva y eficaz reproduciendo en nosotros la experiencia de Dios que el propio Señor tuvo. De otra forma solo serán ceremonias vacías. Centrados en Jesús nunca caeremos en la rutina y difícilmente seremos imprudentes.
La rutina y la imprudencia llegan cuando nos falta discernimiento. Sabemos que la eucaristía es un acto que realizamos en memoria de Jesús: “haced esto en memoria de mí” (1Co 11:24); pero, qué es “esto”.
“Esto”, no es una simple repetición mecánica de una ceremonia, es sobre todo un compromiso de hacer lo mismo que Jesús hizo, es decir, entregar la vida en beneficio de otros. “Eso” es lo que Jesús hizo y eso es lo que debemos hacer nosotros. Si no es este espíritu el que nos lleva al cuerpo y la sangre de Cristo, no estamos comprendiendo bien el significado de la comunión y entonces todo será una repetición rutinaria.
Los protestantes tenemos la tendencia a racionalizarlo todo y podemos llegar a pensar que la fe se trata de de una adhesión a un conjunto de creencias olvidando la generación de vida que debe fluir de la propia doctrina, para que esta no sea letra muerta.
Las doctrinas por importantes que sean no nos sacarán nunca de los atolladeros existenciales si no nos aportan vida, fuego y pasión. De las tinieblas nos saca la vida y la luz que fluyen a través de Jesús por los medios de gracia y la relación personal plena con él.

Recuerda esto la próxima vez que te encuentres en un túnel sin salida, sin luz del otro lado. Alguien dijo que la mejor manera de salir de un túnel del que no se ve la luz es regresar por el mismo camino por el que nos hemos metido en él. Debes desandar tus pasos, porque si antes tenías luz y ahora no la tienes, significa que tus pasos de ahora no son buenos pasos. Pasar por un túnel se parece a aguantar la respiración bajo el agua hasta llegar al otro lado. A veces es necesario atravesar túneles en la vida, pero antes hay que llenar los pulmones de aire y estar seguro de que no nos vamos a ahogar por el camino.
Si no estás seguro, vuelve sobre tus pasos y no sigas adelante hasta que sea el tiempo adecuado.
La rutina, la falta de amor, de entrega, de fuego y pasión son signos inconfundibles de que el aire te está faltando, de que te estás adentrando en un túnel para el que nos estás listo. La falta de paz, el desasosiego, la intranquilidad y la inseguridad te están indicando que estás perdiendo los objetivos, que estás siendo imprudente. Si acabas de comenzar un negocio y las cosas te están llevando a la oscuridad, si te falta aire, es mejor que des la vuelta aunque pierdas algo, porque más te vale perder algo que todo. Si has emprendido algo y no sientes nada más que tedio, emprende otra cosa en la que te sientas vivo y con pasión nuevamente. La valentía entonces no consiste en seguir, sino en regresar, para recuperar la pasión, el aire, la luz. Ya llegará el momento de avanzar, por ahora hasta que la paz no te rodee, da media vuelta. Sí, a veces es así de simple, ya verás como Dios restaura todo lo que pulgón se ha comido.